Y como de casta de viene al galgo, yo también tengo unos padres «viajarines». Desde muy pequeños nos han llevado con ellos de aventura, nos han hecho descubrir el mundo desde la más tierna infancia en la que pasábamos los veranos en Turquía después de algún periplo por Europa, en una época en la que no existía internet, ni móviles, ni GPS ni nada con lo que planificar un viaje de antemano. Así aprendimos a disfrutar de museos, conocer otras costumbres y religiones, empaparnos de otras culturas, probar nuevos sabores… Creo que todo ello fue increíblemente enriquecedor para nosotros, por eso que estaba convencida a pesar de las voces en contra de que sí que se podía viajar con niños. Espero que Eva de mayor también tenga ese gusanito viajero.

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