En alguna ocasión os he contado que somos unos “colechadores” convencidos. Nos resultaba increíblemente práctico dormir con Eva en la misma cama por varias razones: se dormía mucho antes, si se despertaba ella sola volvía a dormirse inmediatamente al verse acompañada, es comodísimo en los viajes…

Pero llegó el embarazo de Samuel, y con él las prisas por acelerarlo todo. Nos urgía que Eva saliera de la cama porque no cabíamos los cuatro en ella (o no cómodamente, desde luego), por no hablar de que si el recién nacido lloraba la despertaría constantemente.

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